La Raya es como conocen miles de españoles a la línea que separa España de nuestro vecino atlántico.
La Raya -o
a Raia
si preguntas del lado portugués-, porque para quienes hacen su vida en
torno a ella el término “frontera” suena demasiado duro, a una
separación que no responde al día a día. Son 1.200 kilómetros que han
permanecido casi inmutables desde que ambos reinos las fijaron hace 750
años. Desde entonces solo ha sido necesario modificarla en una ocasión,
para devolver en 1801 el municipio de Olivenza a la Corona Española. Es
una de las fronteras más antiguas de Europa y, sin embargo, de las más
permeables. Los
rayanos se han acostumbrado a vivir con un pie en
cada lado y a nadie se le escapan las similitudes que existen entre
ambos países en cuanto a clima, geografía o fauna, pero también de
carácter, cultura o historia. Desde que en 1668, tras la Guerra de
Restauración, Portugal se desvinculara por última vez del control
español, han sido multitud las figuras del mundo político y cultural que
han abogado por diluir, e incluso suprimir, la famosa raya
.
Ahora,
un partido portugués recupera ese movimiento, huérfano tras la muerte
en 2010 del premio Nobel José Saramago. Desde el año pasado, el
Movimiento Partido Ibérico (MPI) aboga en el país vecino por acercar a
ambos estados hacia una unión política y económica mayor, una estrecha
colaboración que quizá en un futuro elimine por completo la línea que
los divide. Aunque el objetivo es alcanzar en algún momento una
confederación ibérica, e incluso una federación de estados, por el
momento las propuestas son más prácticas.
Banco Central Ibérico.
Uno
de las motores que han configurado el partido, que se autodefine como
progresista, es la lucha conjunta de España y Portugal contra la crisis
económica. De hecho, aunque parte de ideas anteriores, fue el rescate al
país vecino lo que impulsó a su fundador, Paulo Gonçalves, a poner
negro sobre blanco alguna de sus prioridades.
Probablemente la
principal sea la creación de un Banco Central Ibérico que preparara el
camino de los dos países fuera del euro. A juicio de Gonçalves es
imprescindible afrontar esa reflexión sobre si la divisa europea es la
más adecuada para la península o si convendría crear una nueva moneda
peninsular. Sostiene que la unión de ambas economías más allá del
mandato europeo permitiría recuperar el poder de decisión sobre las
políticas monetarias y aumentaría la capacidad de España y Portugal para
influir en los mercados. Sus casi 58 millones de habitantes quedarían
cerca de los 60 de Italia o los 62 del Reino Unido.
Además,
crecería el peso de Iberia en Latinoamérica, donde las relaciones
diplomáticas y comerciales de ambos países se complementan. Sería por
historia el principal referente mundial para los gobiernos de todo el
subcontinente. Algo similar, en menor medida, ocurriría en África
gracias a la implantación de las multinacionales peninsulares en las
antiguas colonias.
Otro de los puntos fundamentales es la unión
fiscal y bancaria, con organismos de control únicos que armonicen los
criterios de saneamiento del sistema financiero, pero también que las
contribuciones se igualen en toda la península.
Las ambiciones
del partido no acaban ahí. La confederación que propone Gonçalves
compartiría todos los ministerios menos Justicia, Defensa e Interior,
con un titular de cada país compartiendo cartera, de forma que se puedan
unificar las políticas fundamentales para el despegue del país. En este
sentido, desde el partido portugués se destaca la necesidad de impulsar
el turismo y la pesca, dos de las señas de identidad de la península.
Efectivamente, su anhelada Iberia sería, con casi 4.000 kilómetros de
costa, uno de los países más volcados hacia el mar, pero también uno de
los que más centros turísticos y puntos considerados patrimonio de la
humanidad por la Unesco albergaría.
Ese sueño, sin embargo, sigue
aún lejos. Gonçalves reconoce que en ciertos círculos de Portugal el
tema sigue teniendo algo de “tabú”, pese a la existencia de una fuerte
corriente de opinión en este sentido. Durante su primer año de vida, el
MPI cuenta ya con varios centenares de simpatizantes y colaboradores en
Portugal, pero también en España, donde no descartan fundar un “partido
gemelo”. La realidad es que, aunque de mínimo peso político, ya existe
una formación que lo contempla. Izquierda Republicana, heredero del
partido fundado por Manuel Azaña y ahora integrado en la coalición de
Izquierda Unida, renovó el año pasado su apuesta por un “federalismo
iberista” como alternativa al actual Estado de las autonomías.
Los
símbolos del movimiento hay que buscarlos, de hecho, en el siglo XIX.
El más aceptado es la bandera ibérica diseñada por el escritor y
diplomático español Sinibaldo de Mas y Sanz en 1854. Está compuesta de
cuatro cuadros con los colores de la bandera monárquica portuguesa a la
izquierda (blanco y azul) y los de la bandera monárquica española a la
derecha (rojo y amarillo).
Una mayoría a favor.
Esa presencia casi testimonial en las actuales instituciones de España y
Portugal contrasta con la aceptación que la idea tiene en ambos países
según las encuestas. En 2009 la Universidad de Salamanca comenzó a
elaborar, en colaboración con la Universidad Complutense y dos centros
de estudios sociológicos de Portugal, un barómetro de Opinión Hispano-
Luso.
En él, entre otros aspectos, se preguntaba por una hipotética unión
entre ambos estados. Los primeros datos sorprendieron a los expertos. Un
30,3% de los españoles apoyaba una federación ibérica. En Portugal el
respaldo era aún mayor, del 39,9%.
Aunque el proyecto se canceló
el pasado año, la tendencia iba en ascenso. Según Mariano Fernández
Enguita, catedrático de Sociología de la UCM y director del barómetro,
la crisis, lejos de ahogar esa idea de una península unida, la ha
fortalecido. Cuanto mayor ha sido el deterioro de la economía, más
adeptos se han sumado a la propuesta.
En efecto, durante los tres
años que se realizó la encuesta el respaldo a una federación ibérica no
hizo más que ascender en los dos países. En 2010 un 45,6% de los
portugueses apoyaban la idea y en 2011 ya eran el 46,1%. Bajaron al
mismo tiempo quienes se oponían frontalmente a la propuesta, que el
último año no alcanzaban ni el 30%.
En España somos más
reticentes. Pese a que en 2011 ya era un 39,8% de la población el que
apoyaba la idea (9,5 puntos más que un año antes), se seguía oponiendo a
ella aún un 34,6% de los encuestados. El porcentaje de rechazo, aunque
significativo, fue por primera vez ese año menor que el del apoyo.
En
todo caso, más allá de las evidentes diferencias, la sintonía entre
españoles y portugueses no es nueva. Incluso políticamente, ambos países
han caminado por la Historia muchas veces de la mano. Ambos fueron
grandes potencias de ultramar y perdieron sus posesiones en el lento
goteo de los siglos. Ambos iniciaron también el siglo XX con una
República que dio paso a cerca de medio siglo de regímenes autoritarios.
La Revolución de los Claveles de 1974 dio esperanzas a quienes
preparaban el despertar de España tras la muerte de Franco. Su nueva
Constitución inspiró en parte la nuestra. Y todo separado por una raya
que pocas veces ha sido más que eso.
La amenaza de Barrancos.
Las
similitudes y la cercanía también han traído quebraderos de cabeza a
los gobernantes. Es paradigmático el caso de Barrancos, un pequeño
pueblo rayano de apenas 2.000 habitantes situado en el Alentejo pero que
mira constantemente a España. La localidad más próxima es la española
Encinasola, a nueve kilómetros de distancia, 12 menos que Santo Aleixo
da Restauração, el municipio portugués más cercano. Los habitantes de
Barrancos han desarrollado incluso un idioma propio y ya oficial, el
barranqueño, que mezcla las lenguas de un lado y otro de la frontera.
El
conflicto estalló por las corridas. En Portugal la ley prohibe matar al
toro durante los festejos. Se le inmoviliza. En Barrancos, en cambio,
la tradición de corte español mandaba que fuera el estoque y no las
manos desnudas de los toreros, como en el resto del país, quien pusiera
fin a la corrida. Durante años se solucionó de forma eminentemente
práctica. Cuando llegaba el momento de entrar a matar, el alcalde, la
policía y el resto de autoridades se daban discretamente la vuelta para
no verlo. Ojos que no ven, ley que no entiende.
Las protestas
continuadas de los grupos animalistas forzaron al Gobierno portugués a
tomar cartas en el asunto, pero cuando intentó controlar los festejos,
el pueblo montó en armas. Las calles se llenaron de banderas de España y
amenazaron con unirse de forma unilateral a nuestro país. El Gobierno
cedió y el conflicto acabó zanjándose en 2002 con una ley que excluye
los festejos de Barrancos de la normativa del resto de Portugal.
La
idea de las banderas la rescataron hace poco en Valença do Minho, un
municipio portugués de 15.000 habitantes al que los recortes sanitarios
han dejado sin Servicio de Atención Permanente. Igual que en el caso de
Barrancos, la localidad más cercana, Tui –a menos de tres kilómetros de
Valença–, es española. Para encontrar unas urgencias del sistema
portugués tendrían que viajar hasta Monçao, a 18 kilómetros del pueblo.
La protesta llenó con un millar de banderas de España las calles del
Valença, en parte para denunciar el abandono de Portugal, en parte para
agradecer la atención que les dan en Tui a quienes acuden al servicio.
Aún
más conciliadora es la historia de Rihonor de Castilla, en Zamora, y
Río de Onor, en Bragaza (Rohonor de Arriba y de Abajo para su
habitantes). Hartos de la cadena que partía en dos el pueblo, los
vecinos decidieron en 1990 retirarla para siempre.
No se puede
hablar de una unión entre España y Portugal sin que alguien mencione el
fútbol, un deporte que se vive con la misma pasión a ambos lados de la
frontera. Nuestro país, actual campeón del mundo y bicampeón de Europa,
ganaría para sus filas a figuras como Cristiano Ronaldo o Pepe, que
pasarían a ser referentes nacionales. Pero también a Mourinho, no lo
olviden.
Fuente:
http://www.tiempodehoy.com/espana/un-partido-portugues-resucita-el-iberismo